LAS QUINIELAS DEL VATICANO

 

 -I-

CAMPANAS, AL VUELO, DEL VATICANO

 

 

Acaban de lanzarse, a los cuatro vientos, las campanas del vaticano.

(¡Hacía tiempo que no clamaban así!)

                                                                                                                 

Un extraño presagio envuelve la plaza de san Pedro.        

Hay cierta confusión en su trasiego.

Se dilata la espera anunciada del papa.

 

Son las doce horas, de un día de ángelus, del 11 de febrero de 2013.

La “piaza de san Pietro” está a media asta de peregrinos.

Una noticia rompe la fría mañana del invierno romano.El papa Benedicto XVI, después de siete años de papado, deja la sede, dimite.

(La “fumata” blanca, amparada por el “espíritu”, ha comenzado a funcionar).

El eco, que la noticia despierta, recorre el mundo entero de los creyentes.

El sucesor de Pedro se apea de la barca.

 

Cuando el papa llega a decirlo por su boca, el alma de los peregrinos se conmueve. La respiración se entrecorta. Hay un desasosiego, un presagio.

Un extraño escalofrío conmueve a los que esperan. ¡Parecieran ser momentos de cambio!

El pescador –se oye decir-  se baja de su barca.

En su justificación, se argumenta: su edad avanzada, su cansancio o su fatiga.

A la memoria llegan reflejos condicionados  de un suceso inesperado, rompiendo la costumbre inveterada tan tradicional.

Boquiabiertos, los presentes sostienen, en un espeso silencio, cierta gravedad. Algo sucede en el vaticano -sospechan-: (¡Sí, es mayor…, siete años de papado…! ¿Cansado..., enfermo…, suficiente para jubilarse? ¿Otros no lo estuvieron y murieron dentro? ¡Quiere irse..., ser otra vez Ratzinger…, es libre..., es lícito, es juicioso! “¡Abba, páter!”)

 

 

-II-

 

¿DEL POR QUÉ DE LA DIMISIÓN DEL PAPA?

 

El papa, en una breve alocución, he dicho que se va, que desciende de la barca. Ha esbozado justificaciones objetivas de su deficiencia en el puesto que ejerce. Ha dicho que el trabajo y las responsabilidades son mayores que sus fuerzas. Ha expuesto razones, que evidencian su cese voluntario, y entrado en una dinámica eclesial poco o nada frecuente.

 

El papa dimisionario es una persona anciana, enferma, de salud deteriorada, a la que los sucesos le han pasado factura. Por dar algunos datos, éstos han sido: vatileaks, papeles robados, viajes, caso Lefebre, pederastia y una supuesta amenaza de muerte.

 

Pero a ninguno de éstos se ha referido, como tampoco a otros conflictos internos. Algunos de ellos subyacen a su falta de salud, agravados en el pasado marzo, en el viaje a México y Cuba. De ellos tenemos ahora mayor constancia. Se sabe que tuvo que ser operado del corazón por un marcapasos que llevaba.

 

A liturgia pasada, ahora los peregrinos y fieles comprenden mejor las deficiencias notorias en las funciones religiosas y de representación en sus viajes. De la presión ejercida por el gobierno de la curia, mejor ni mencionarlo. Ahí desbarraríamos. De ello no se habla ni se trasluce.

 

El papa, al que acostumbrados a ver, abrazado a la cruz hasta el momento final, como su predecesor –que tanto juego dio a los medios- no desea un desenlace parecido, pendiente del ojo de las cámaras, que no sea el de la divinidad, en aras de su intimidad.

 

Esta decisión valerosa -aunque no corriente- que depende de personas, ha sido una decisión meditada y guiada. Ello no supone que la cruz –la que todo hombre debe afrontar- se enfrente con pusilanimidad. Elegirla o renunciar nadie puede, y sólo una visión cristiana permite encararla. Y, si resulta difícil asumir el puesto de pescador, no lo es menos el renunciar a él, cuando las fuerzas faltan; o como dice el pueblo llano, cuando pregunta: “¿sabes por qué el papa ha dimitido?: porque no estaba muy católico, el hombre ¿sabes?” ¡Ahora caigo, así sea!- dijo el otro.

 

 

 

-III-

 

¿DIMISIÓN EN CADENA?

 

Tal vez, desde el día, en que se produjo

la dimisión del papa, todo acontecimiento,

antes impensable, que pudiera suceder en la iglesia,

adquiere ahora el carácter de posible.

 

Es referencia a hechos, semejantes en el fondo,

aunque opuestos en el tiempo: “el de la conveniencia

de que me vaya, y de que venga quien me sustituya” .

 

El primero, en el arranque del cristianismo;

el segundo, presentado por el sucesor de Pedro,

al apearse de la barca, y dejar libre su puesto.

 

Y si, con el primero, el misterio les llenó de desconcierto;

con las reticencias del que se ha ido, para entrar en el silencio,

nos envuelven innumerables sensaciones,

preguntándonos por el trasfondo tras su marcha.

 

Desde que la grey quedara sin pastor,

al entrar o salir de cualquiera de las consideraciones,

se percibe una iglesia apegada a las riquezas y falta de virtud,

al haberse colocado del lado terrenal,

lo que induce a pensar en el cambio de destino.

                                 

Pareciera que toda aprensión, bajo la renuncia,

algo ha cambiado; aunque sustancialmente

nada haya sucedido, a la espera de un gesto del “espíritu”.

 

Cada día, que pasa, hay llamadas de conciencia

por un nuevo despertar de una iglesia,

montada en el boato y la opulencia; y,

 aunque tímidos los acontecimientos,

 podrían desbordarse, si se diesen en cadena.

 

Es poco probable, pero no imposible, que el martes,

a la hora de la primera votación, antes de cruzar la puerta

de la capilla Sixtina, los cardenales tocados por el dedo

del espíritu, decidieran no entrar, al

haber formado parte de los escándalos de pederastia,

vatileaks y uso indebido de riquezas.

 

Sería facilitar la elección a un nuevo papa,

libre de mancha, capaz de reformar la curia,

las finanzas y costumbres de quienes, debiéndose

 a la virtud, provocan la pérdida de una fe de carboneros.

 

¡Si así hubiera de suceder, serían unos más a los ojos

de quienes necesitan testimonios!

¡La fe de creyentes cobraría nueva vida!

 

Es, por tanto, época de actos consumados más

que de rezos prolongados.

¡Los hechos serían las mejores razones!

  

***

 

Y, siendo poco probable que el martes,

a las seis y media, a la entrada de la primera votación

los cardenales, en cuestión…

decidan no entrar –y no ser nombrados “papa”-

reconociendo sus irrresponsabilidades,

sería la esperanza de una iglesia,

que comenzaría a renovarse.

 

**

Pero sea como fuere, acontecerá

lo que haya de suceder.

 

* 

Mariano San Millán López, escritor

Para Periodista digital

 

 

 

 

                                                                                               -IV-

 

                                                                                             DESHOJAR LA MARGARITA

 

 

Mientras se nos piden oraciones, los cardenales han vuelto otra vez “a la carga”. Como es de prever, se les pide que a la hora indicada estén en sus puestos, alentando el presente por acercar el futuro, para que salte, cual ciervo herido por la unción, el secreto de lo arcano.

 

No deben dolernos prendas, pues lo que se ha hecho con el tiempo, éste no lo borrará así como así, lo que dará la razón a los que piensan que de otra forma no sería posible. Por eso, en contra de toda red de redes, tendremos que seguir mirando a la chimenea del vaticano, por ver cambiar el humo de negro a blanco, sin que se admitan otros colores intermedios que los de los comentarios, hechos por nuestros embajadores de la prensa en la cumbre vaticana.

 

A falta de otros métodos de persuasión más eficaces, que los creados por el tiempo con su azar, tengamos permanentemente junto a nosotros –aunque sea de plástico- una margarita, que deshojar, por quienes sean nuestros “predilectos”, como si de un rito de sugestión se tratara, en espera de que puedan caer en la quiniela vaticana.

 

Pero esto también se nos oculta y todo queda en papel que desaparece o se quema. Al final, si nos hemos quedado con un solo pétalo en el cáliz de la margarita, ése no debes arrancarlo, puede que sirva para otra votación, en el trascurso de las venideras. Es como un juego del destino, cuyo devenir ha de ser alentado.

Pero lo que nos embarga no tiene comparación con nada que se le pueda parecer.

 

Y, a falta de saber lo que sucede dentro de la capilla Sixtina: si alguien rozó ayer el límite, o quedó muy corto de lo que se esperaba, sin llegar a rebasar los dos tercios, conformémonos con imaginar quiénes, habiendo sido repicados por las campanas periodísticas romanas, en la persona de: Scola, Dolan, O´Malley, Schönborn, Rivera, Bergoglio, Amigo o L. M. Tagle, por poner unos ejemplos… nos han dejado un suave e imperceptible olor de santidad.

 

Y, así que el destino nos traiga los mejores mensajes, que estén por venir, y que sólo están en el viento: en este viento pre-primaveral, soplado por el espíritu, que al parecer anda, de un lado para otro, buscando un lugar donde encontrar su hueco.

                                                          Mariano San Millán López, escritor. Para Religión de periodista digital.

 

 

 

-V-

 

LIMOSNAS EN NOMBRE DE LA POBREZA

  

 

A la iglesia no le ha faltado esa clara visión trascendente, al escoger fechas de cuaresma para el cese del papa dimisionario, a la vez que una incipiente primavera, y elegir el nuevo papa, a la espera de resucitar de una iglesia, envuelta en conflictos terrenos.

 

El nuevo papa no se hizo esperar, y tras una votación sin indicios de humo, en una plaza fría y lluviosa, la gente, aunque desconsolada, permaneció fiel a sus sentimientos de esperanza, a sabiendas de que las cosas con valor, difícilmente se consiguen gratuitamente.

 

Fruto de ello, se nos ha dado un papa, que puede llenar toda esperanza de una vieja iglesia, que de no renovarse, terminarán conmoviéndose sus cimientos, a pesar de la creencia eterna, al hacer de la barca imagen de quien sabe templar las tempestades: un papa, al que se siente cercano, austero, sencillo, que camina junto a los viandantes, en metro. Por si fuera poco: es hispano, jesuita, primer papa sudamericano y se hace llamar Francisco (de Asís o de Javier: será lo mismo).

 

No fueron demasiadas cinco las votaciones, como para decir que se lo esperaba más tardío. Pero, como provenía de lejanas tierras, si tuvo por acompañante “al espíritu”, éste acortaría el camino, apareciendo en el balcón, a la espera de que, así como no fue complejo el ser elevado a la magistratura, tampoco lo sea en llevar las reformas “necesarias”, con mano firme y remo templado, al puerto de su consecución.

 

No haría falta decir, a pesar de lo que desconocemos, que pronto sabremos cómo el nuevo timonel gobernará el bajel. Y, aunque haya pedido oraciones al pueblo, les serán concedidas, a cambio de que haga lo “imprescindible” por el pueblo de dios, sumergido en un desierto de incertidumbres, cuales son las prioritarias las de una financiación, hecha por servidores incondicionales, que trabajen de sol a sol, al lado del marinero que gobierna la barca.

 

De la iglesia no haría falta insinuar que necesita cambios, que hubo un concilio; pero que de aquellos principios se vieron escasos resultados, y seguimos esperando aún “el santo advenimiento”. ¡Ojalá que Francisco, el llamado “Roncalli”, sea desprendido con su iglesia como lo fue Francisco de Asís!

 

Y, aunque de la iglesia se diga que es imperecedera, no podrá decirse que no necesite cambios. Con la nueva llegada de un hombre, que se las promete ser de dios, ¿no será ésta la ocasión de una invitación al cambio por una iglesia primigenia, o será un mero servidor de transición.

 

De la curia se dice que es reticente a los cambios, prefiriendo “cambiar en algo accidentalmente para que nada cambie sustancialmente”. A cincuenta tiros de piedra, está el concilio vaticano II, del que se prefiere callar, sin haber recogido frutos que no sean de media cosecha, o malograda, en ocasiones. Pero el pescador debe sentirse obligado a echar de nuevo las redes y probar, si el momento llegado es de bonanza, y aprestarse para la pesca.

 

Del papa dimisionario se podrá decir que no tuvo tiempo material, ni salud, para enderezar la barca. Tal vez, con su dimisión, se pueda cambiar el rumbo de quienes pensaron que el oficio de pesador fuera algo más que un servicio de subsistencia. 

 

Tomar las riendas de la dirección no debiera ser aspiración que alimentase deseos de posesión o poder, aunque la iglesia se anuncie como una comunidad de pobres. Pero la historia de la iglesia está llena de “adquisiciones y bienhechores”, sin haber desechado esa capacidad de seguir adquiriendo, como si en la pobreza se encontrase el romanticismo perfecto, cuando es desprendimiento del corazón, atado a su pertenencia, por que pueda sentirse liberado.

    

La iglesia, que no es institución con ánimo de lucro, tampoco es una ONG con carácter de subsistencia, lo que la coloca en una difícil tesitura de sostener los principios evangélicos, aunque deseche el brillo metálico. Digamos que, con su prédica y hechos, no ha hecho realidad aún que “el poder y el dinero sean para vivir y no vivir para poseer”. Pero la iglesia, como un estado de la sociedad civil, prefiere que sus adeptos vivan en pobreza, mientras la institución no tenga límites para el enriquecimiento.

 

No quisiéramos dar la falsa impresión de que los problemas de este mundo se solucionan con las solas palabras, sino acudiendo a la justicia, aun teniendo en mente la contestación del maestro, para salir del paso, al decir: “dad al césar lo que es del césar y a dios lo que es de dios”; por lo que la iglesia no desechó ser beneficiada por emperadores y guerras, colocándose en el privilegiado puesto de ocupar el medio entre ambos extremos.

 

Se puede decir que los bienes de la iglesia son comunales y nadie de los “ministrables” podrán malversarlos, pero sí hacer uso indebido, como la historia encierra. Ante la denuncia, la iglesia prefiere el silencio, desde el momento de haber tirado una piedra, al decirse: “si el maestro no pudo con las fuerzas del mal, es preferible ser mártir antes que confesor”.

 

La iglesia, como toda institución, ha de mirar hacia adelante. Y, si quiere sobrevivir, ha de entrar en diálogo con la sociedad y sus fieles, renovarse y no dar los problemas por tapujo. Tampoco será conveniente exacerbar el dicho, de los males sin remedio, de este mundo, cuales  son los suyos también, pues “nada de lo humano debería serle extraño”.

    

El deseo de independencia del vaticano es innato, como lo son los de toda condición humana e institución. Pararrayos de defensa, aparte, podrá poner cuantos sean, sin que por ello pueda permanecer lejos de los asuntos que preocupan al hombre y su transcendencia en el futuro, sólo asegurada, si camina en la dirección de su fundador, de quien se dijo “haber venido a reformar la ley mosaica”; al haber tratando de resolver los problemas, que la embargan, estando constituida de hombres, y no por ángeles.

 

Una vez deshojada la margarita, con la elección del nuevo papa Francisco, las quinielas entre lo probable y lo posible seguirán en juego. A ello debemos entregarnos, como observadores de los acontecimientos religiosos, que estarán por venir.

¿La disposición? La más abierta, cauta y realista posible. Evitar los paños calientes. La medicina aconseja: o juventud o cirugía. ¡Ojalá Bergoglio tenga el secreto de los buenos pescadores: una pesca de subsistencia, ecuánime o de gracia! “¡Habemus papam: viva!”      

                                                                mariano san millán lópez, escritor. para periodista digital 

 

                          

 

                                 -VI -

 

                                                                   UNO ENTRE MUCHOS PAPABLES

 

 

Llegar a ser papa debe de ser una de las cosas más difíciles del mundo. Tan difícil, como ser rey o presidente de un gobierno. Los conocimientos o virtudes a veces no cuentan demasiado, porque lo que importa es servir para el puesto institucional ofertado.

  

Y, aunque se diga que papa lo puede ser cualquier cristiano, esto no deja de ser un eufemismo. Los únicos llamados a serlo son los cardenales: ese conjunto de sanedritas en el pueblo judío, de los que se conocen más sus virtudes que sus escándalos, pero que nadie está libre de ser un fundador de legionarios de Cristo.

  

Nada suele haber de novedoso de un cónclave a otro. Y, si algo cambiara, sería para que nada sustancial cambiase. Las instituciones estatizadas parecieran edificios inconmovibles, que han de durar toda la vida, sin reformas ni remoces, a pesar de que el tiempo los deteriore.

  

Consecuentemente, ningún cardenal conservador saldrá a gobernar para el mañana, sino para el ayer. Eso explicaría que la revolución del nazareno fue suficiente, y lo útil y necesario es reinar. Los veintiún siglos de existencia son mejores, vistos desde el pasado que desde el presente. Para unos, porque de allí dimanan las esencias inalterables del cristianismo; y para otros, porque nada mejor que una institución imperecedera.

  

Ése será el temor de la iglesia: el cambio; el ir a menos, en vez de ir a más; la falta de fe en el fundador, pero a cambio se confía más en las estructuras consolidadas que en las que deben ajustarse a los tiempos. De ahí la corrupción de costumbres y virtudes, correspondientes al poder y el dinero.

  

Conocemos la postura de algunos cardenales que, amparándose tal vez en la humildad evangélica, no se postulan papables. Es el caso de los españoles Amigo y Sistar, tal vez por no sentirse asistidos por el espíritu santo.

  

Y, sin ánimo de profetizar, pero desde el realismo, podríamos decir que, para una nueva época, no continuista -que lo será- creemos tener un retrato robot, el que necesita la iglesia, del futuro papa: Éste ha de ser de los más jóvenes. No importa nacionalidad ni raza, sin que, por necesidad, tenga que ser italiano y, sin que forme parte de una determinada facción vaticana y esté abierto a toda renovación positiva y democrática. 

  

El nuevo papa, conocedor del mundo, deberá abrir la puerta cerrada de lo esotérico, rebajar los mitos, elevar lo racional al rango humano, acomodándose al mundo real; y, sin temor a invadir el campo de cualquiera que se le asemeje…, que tenga don de gentes y sea dialogante…

  

Los temas por tratar de su agenda serán infinitos: ecumenismo, pobreza, celibato, mujer, aborto, divorcio, catecumenado, evangelio…, ¡al rojo vivo!

 

“La mies es mucha y los segadores” diezmados. Miremos por los obreros de la viña. Que no envejezca la institución.

                                          

                                                    21.2.2013 Mariano San Millán López. Para periodista digital

 

 

 

 

-VII-

 

                                                                           POR UNA IGLESIA POBRE Y DIGNA 

 

 

¡Cómo quisiera una iglesia pobre y para los pobres!

- dice el papa Francisco; aún teniendo en cuenta

que Nicolás V (1447-1455) dejó dicho:

“si la autoridad de la santa sede es visible

 en edificios majestuosos…, la creencia puede crecer…”

 

                                                                                                                                                                   

Claras y determinantes son las posiciones entre el papa Nicolás V (1455) y Francisco, no sólo por la diferencia de 558 años, los que van entre el 208º papa de la lista de san Pedro hasta el actual; también por una percepción distinta, respecto a la pobreza, que va desde el “¡cómo quisiera que la iglesia fuera pobre y para los pobres!” de Bergoglio, a la de Tommaso Parentucelli, quien con sus palabras a pie de lecho de muerte, hizo ante sus cardenales esta defensa de su programa:

Para crear convicciones sólidas y estables en la mente de las gentes sin cultura, debe haber algo que les llame a sus ojos: una fe popular sostenida sólo por doctrinas sólo puede ser una fe débil y vacilante. Pero si la autoridad de la santa sede es visible en edificios majestuosos…, la creencia puede crecer y reforzarse como una tradición de generación en generación, y todo el mundo la aceptará”, como ha sido hasta ahora.

 

Pero pudiera ser que esta tónica dominante cambiara, ante el deseo manifestado por el nuevo papa, si a los ocho años de jefatura del papado de Nicolás V, el papa Francisco gozara, al menos, de los mismos, y algunos más para llevar a cabo las reformas oportunas.

 

Y, aunque en vida de Nicolás V no se llegó a terminar de construir toda la Roma de los papas, sus sucesores siguieron con el empeño de conseguir la Roma imperial, en la que dominaran los grandes edificios y palacios, cuya fiebre llevaría a la concesión perjudicial -denostada por Lutero- de bulas indiscriminadas, por  terminar su obra, aunque se desconozca, si fue la de Dios.

 

La obra de Francisco no será iconoclasta, la de acabar con los palacios y riquezas de la iglesia, sino con el inicio de una reforma que vaya desde “¡arregla mi iglesia de la Porciúncula!” hasta la mejora de la economía y finanzas, comenzando por sanear el banco “IOR” en otro más conforme con la ética, donde no quepan directores, dedicados a la construcción de barcos para la guerra ni la de gestores impropios, que no evitan la corrupción de los cambistas del templo.

 

E, iniciado el arreglo de “mi casa” por el techado; a continuación habrá de venir el de deshabitar palacios y mansiones de boato, sustituyendo objetos, que bien podrían ser vendidos, y con su fruto ayudar a los desheredados, pobres de recursos, sin techo, sin trabajo y sin una asignación oficial de los gobiernos respectivos del mundo, donde la pobreza de solemnidad se ceba, poniendo en cuestión la dignidad de la persona, al convertir la miseria en oprobio.

 

¡Las masas humanas claman por tener qué comer, por un trabajo digno, por recursos suficientes y permanentes, por no sentir la angustia del “qué será de nosotros, si nos falta lo necesario mañana”, lo que clama al cielo, de un sistema que vive a espaldas de los “excluidos” de los bienes de este mundo.

 

Tal vez, el nuevo papa esté planificando una nueva residencia y, una vez recubierta “la porciúncula” y, acomodado el servicio de administración, elija un lugar, distinto del fastuoso vaticano; pasando éste a ser destinado a museo –por sus objetos sagrados, más decorativos que útiles, donde ser testigos de la historia- a la vez que residencia final de los papas en sus tumbas.

 

Y, si elige –por caso- la catedral de Roma, san Juan de Letrán, y ésta cumple con las funciones de administración, reducir el cuerpo cardenalicio, cuyos destinos podrían ensancharse hasta los confines de la cristiandad.

 

La otra reforma habría de ser la del centenar de guardias suizos que, sin dejar desprotegidos la defensa de las personas, se reduzcan a los necesarios e imprescindibles por seguridad de las dependencias, sin que el vaticano dejara de ser cabeza visible de la cristiandad, pero sin la fastuosidad de lo innecesario y ostentoso.

 

Esperamos del papa Francisco que, tan pronto se hayan cumplido cien días de gobierno, y haya asignado los cargos a la curia, haya pasado de los deseos a los hechos, habiendo hecho la ajustada selección necesaria, lo más prudente y acertada posible. Y esto, porque la iglesia ha tenido durante el paso de dos papas, y casi cuarenta años, el revés de pasar por alto lo que, siendo sagrado, ha considerado banal.

 

Nos referimos a la iglesia de los pobres, cuya pobreza ha de notarse en la vida interna del vaticano como externa en sus salidas. Fue Nicolás V quien, sin temblarle el pulso, mezcló bulas con finanzas, consiguiendo un cisma, al mantenerse con mano de hierro.

 

Los cambios que haga el nuevo papa no han de terminar aquí, si es que el cuerpo vaticano le apoya. Serán aún de mayor calado. La mies sigue siendo mucha y los segadores los justos, a la espera de que el dedo siga tocando el corazón de “misioneros” en la frontera. Es aquí, donde la iglesia puede crecer, y rejuvenecerse el cristianismo.

 

¿Conseguirá este papa llenar las iglesias vacías de Europa y de vocaciones necesarias?

                                                                                                                                                                                                            

Mariano San Millán López, escritor: 662.562.800. Para el director de “Religión digital de Periodista Digital”

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