LA LADRA DEL CORZO

 

Carlos de Hita

Julio es el mes del corzo. Anticipándose varios meses a sus parientes mayores, ciervos y gamos, los corzos celebran su periodo de celo por estas fechas, antes de los calores del estío. Muy abundantes, los corzos viven en casi cualquier bosque, cualquier arboleda espesa por toda la península. Pero son esquivos, se esconden en las sombras, rehúyen nuestra mirada. Las más de las veces, lo único que percibiremos de un corzo será un ladrido bronco, áspero, seguido del estruendo de las ramas rotas y el retumbar del suelo del bosque.

En la medianoche del hayedo cantábrico de Pome, cerca de Covadonga, un río corre valle abajo. Y valle abajo corre asustado un corzo. El ladrido rompe la paz de la noche y se escucha a cientos de metros de distancia. La señal de alarma anuncia la presencia de un intruso. Aunque en este caso el supuesto peligro no sea un cazador sino un ser más pacífico que se contenta con escuchar el ulular lejano del cárabo, la llamada en vuelo del chotacabras gris y los chasquidos agudos emitidos por los murciélagos forestales en su vuelo de caza.

Los mismos gritos, la misma alarma, pero en otras laderas. Con la luz del amanecer otro corzo se despeña valle abajo como alma que lleva el diablo. En su carrera va dando unos llamativos saltos, y al caer provoca con las pezuñas un sonido sordo que hace retumbar el suelo del bosque. Y esto también es una señal de aviso, ya que este sonido se propaga por el suelo como una onda sísmica, una vibración que es percibida a través de las patas de otros ejemplares lejanos. Eso sí, el oyente sólo lo captará si en su ordenador tiene instalados unos buenos altavoces, con una adecuada respuesta a las frecuencias más graves. Unos altavoces, por decirlo así, tan sensibles como las patas de un corzo.

Pero estamos en época de celo. La ladra, la llamada específica de los machos que delimitan así su territorio, suena más desafiante que la señal de alarma. Está formada por unos ladridos secos y espaciados. Y aunque el animal pueda moverse, trotar en círculos por su pequeño dominio, la voz no se aleja más de unas pocas decenas de metros. Como podemos comprobar dentro de los jardines históricos del palacio de La Granja, en la vertiente segoviana del Guadarrama, donde algunos ejemplares aceptan compartir sus reales con otros personajes de realengo. Aquí, como en todas partes, los corzos encelados suelen ladrar en los extremos del día: suenan las ocho campanadas.